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Relatos temáticos

Probablemente esta sección es la más importante de Annlea. Cada dos semanas uno de los miembros propone una frase o tema para la confección de un relato. A partir de ahí cada uno es libre para redactarlo según le parezca. Cumplido el plazo los relatos se suben a la vez y pueden ser valorados por los lectores y criticados por el resto de los miembros. Una vez cerrado el plazo para cada tema no se admiten relatos nuevos, es decir, no se pueden añadir relatos sobre los temas del pasado. Consulta la web, casi seguro, a estas horas, estamos proponiendo algo sobre lo que podrías escribir.

Participa para contar.

 



Turistas en el infierno

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El polvo en el aire se cuela por los poros rasguñando las fosas nasales hasta forzar estornudos compulsivos que humedecen las vías respiratorias solo para dar paso a nuevas bocanadas de esa nube irrespirable que se impregna en la memoria incluso por horas después de abandonar la zona devastada.
Los maderos crujen como huesos de una ciudad resquebrajada que ha llegado a la senectud en la peor forma.


En todos los rincones de la vieja ciudad, donde otrora se albergaba digna la historia de un país bicentenario enmarcado por la nobleza del adobe y el señorío de las tejas, la tierra se agolpa confundiendo el paisaje urbano con la campiña apenas alejada por algunos kilómetros. Nuevas colinas, sinuosas montañas en ciernes surgiendo de las ruinas de casonas de estilo clásico destrozaron el rostro de la capital maulina, y en el caos, a medio tránsito entre ángeles caídos y demonios buscando redención, circulan sádicos turistas cámara en mano hurgando entre la devastación en busca de la mejor imagen, algunos incluso posando frente a los escombros como quien visita las ruinas de Pompeya.



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Donde nacen las olas

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La calma invadía la tierra. Sus habitantes, apacibles, sembraban, recolectaban y celebraban con alegría sus fiestas... Un día llegó Elqueotea, corriendo, como siempre, pero algo más excitado. No era para menos, bajaba de la gran montaña que preside el poblado, la que llamamos Lamásalta. Aseguraba que desde allí había contemplado cómo se volvía azul la tierra.

La siguiente incursión de exploradores trajo cuatro noches de luna, para debatir el misterio... ¡habían descubierto el mar!

Aunque en nada variaban sus vidas, tampoco ya eran las mismas. El ancho portalón frente al horizonte del océano quedaba, tentador, entreabierto. Esos eran los primeros tiempos, cuando comenzaban las incursiones hacia el mar. Así fue como la Isla de la Calma se convirtió en un puerto socorrido por navegantes y aventureros...

Para algunos olvidado, para otros añorado, de vez en cuando, mas no siempre... Después siguieron otras expediciones, las del mar lejano. Ello trajo la disgregación entre las familias, unos regresaron, sin embargo otros no.


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El valle de los caballos

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Midnight Beauty, el caballo afeminado, se estiró y aceleró a mitad de la recta final, separándose del pelotón, pues quería ganar, lo llevaba en la sangre. Era un caballo de carreras, y quería hacer honor a su nombre. El siempre creyó en su victoria. Es más, estaba absolutamente seguro, algo en su intuición equina se lo decía. Aceleró como en las mejores ocasiones, pegado a los palos, y todo fue bien los primeros trancos. Pero de repente, un dolor inaguantable le recorrió la caña, toda la pata, el cuerpo y el cuello hasta llegarle al cerebro. No lo podía resistir y sin embargo siguió intentando correr y correr, dar lo máximo, a pesar de estar muriéndose de sufrimiento. Su jockey notó algo raro y dejó de pegarle con la fusta, y de arrearle con las riendas. Midnight Beauty empezó a llorar, pues había pensado, tenía previsto, que esta iba a ser su penúltima victoria, la previa a la que le catapultaría a la fama, la victoria precursora  y premonitoria del gran premio, la confirmación de sus heroicas hazañas en el extranjero, un toque de atención.
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Diez años de historia

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Reconozco que la tentación es grande y voy a acercarme para verte. Eres un hombre con cara de niño, esa es la maldición de nuestra familia que en primera instancia crea el prejuicio de la falta de seriedad y hace difícil el contacto, pero a la postre facilita la acogida con gente de todas las edades.

Se que quieres respuestas y no las tengo.

Se que tienes inquietudes que nadie comparte y las manifiestas con lápiz y papel; habrá quienes digan que tu futuro está en las letras, que no tienes como evitarlo, pero lo cierto es que el destino no está escrito aún cuando la genética pareciera cifrar cada uno de nuestros movimientos sobre esta tierra. También tienes dotes pictóricas y no me sorprende, no obstante, jamás apostaría a verte exponiendo tus obras al arbitrio público (por egoísta que parezca, yo aún no lo hago).

Apenas conozco pequeños detalles de tu vida y creo que no debe interesarme nada; el pasado no existe porque no lo compartimos y no vale la pena hurgar en páginas mal escritas de mi vida. No estuve en tu primer día de colegio, no consolé tus primeras lágrimas de amor ni sufrí la espera impaciente al regreso de tu primer baile... haz sido quizá un recuerdo lejano y triste de momentos que se diluyeron en la tinta de mis cuentos.

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El duende particular

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     Al doblar la curva del río, entre la espesura de hayas, hay una gran piedra plana, redonda, semiroída en uno de sus cantos. Sentado en ella, apoyado sobre la cagiga milenaria puede contemplarse el río. El agua juega y arremolina espuma entre los surcos de las rocas enmohecidas. Un hilo de luz se asoma por el techo de hojas y, desde arriba, dibuja un arcoiris en la orilla, un manto multicolor que envuelve al hada del arpa, que danza y deja bailar sus dorados cabellos al sol, rodeada por un séquito de diminutos duendes, numerosos y curiosos, que se acercan y rodean la gran piedra plana. Algunos, de nariz arrugada, son feos y se esconden detrás de los árboles.
  El más bello se acerca y mueve los labios. No me habla, pero le escucho y, mientras se acompaña de suaves movimientos y ademanes delicados, me explica que lo veo porque soy niño. Se llama Particular, respondiendo a mi pregunta y continúa explicándome que él es el duende que me corresponde. Sí, de acuerdo al carácter de cada uno nos acompaña uno u otro duende y, por un instante, suspiro aliviado de que no sea uno de los que se ocultan tras las peñas. Con gestos elegantes se da prisa en aclararme que no somos niños siempre, que luego crecemos y es natural que así sea, pero que perdemos el alma niña y nuestro espíritu queda enturbiado por el tiempo. Después, un día, cuando contamos el secreto desaparece finalmente el hechizo.
   Aún resuena el eco del duende en mis recuerdos. A la entrada del río, hoy, un cartel de grandes letras se anuncia: "Se Vende Finca Particular"… Lleva ahí tantos años como los que yo anduve fuera del hogar. Ahora sé que no existe riqueza alguna capaz de comprar lo que ese bosque esconde. Y si lo hubiera, andaría igualmente sobrado de ignorancia al desconocer el verdadero valor de tesoro tan incalculable.
   …Hoy espero al otro lado del puente y, desde la orilla, a veces veo llegar algún niño que regresa por el camino vecinal, junto al río. No parecen ni tristes ni alegres… Son sólo niños, verdaderos niños que el río contempla a su paso.

 

 

El autor:
http://leetamargo.blogia.com
(c) Luis Tamargo.-


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