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La escalera

Desde muy niño fue refugio de momentos importantes. Alguna vez se irguió imponente y señorial, pero cuando la conocí ya era apenas una sombra de la escalera que en tiempos de mis bisabuelos conducía a una terraza elevada sobre el inmenso jardín que precedía a la quinta de árboles frutales. Apostada junto al muro mayor de la casona colonial, conducía al tejado de las habitaciones que con los años alojaron a una fauna variopinta de arrendatarios; desde allí con algo de esa habilidad simiesca que todos los hombres tenemos en la infancia y que perdemos paulatinamente con el tránsito a la adultez, era posible trepar a un manzano desde el cual se pasaba a un ciruelo, luego a varios perales y finalmente a un enorme moro, todo sin tocar el suelo en el trayecto.

Cuando era muy niño me refugiaba bajo los peldaños a llorar, ya mayorcito me gustaba saltar desde las alturas intentando volar y cuentan que en una ocasión, premunido de un enorme cohete de papel, me lancé al vacío desde el último peldaño con consecuencias catastróficas. Aún en la edad de la inocencia recuerdo haberme ocultado bajo su sombra para recibir el primer beso de una chica algo mayor, vecina del viejo barrio y bastante precoz en las lides amorosas.

Con algo de imaginación la escalera lo era todo: la casita, el almacén e incluso el púlpito donde el primo Pablo jugaba a predicar el salmo del día. Mi papá decía que el olor del roble era inolvidable y, aunque la madera bicentenaria de las vigas y los peldaños ya olía a tierra vieja, cada vez que se desgarraba un trocito el aire se impregnaba de recuerdos. Mi abuelo jugaba allí en tiempos en que la electricidad era impensada, también mis tíos. Seguro que el olor de la madera ha cambiado, pero siempre estuvo ahí para refugiar a cuanto crío pasó por esos patios.

De tarde en tarde se rompía algún peldaño y el más pequeño de mis sobrinos se desgarraba un brazo con las astillas; la historia de la escalera se rescribía cada vez que nuestra sangre se mezclaba con el polvo y el aroma del roble viejo. Las generaciones venideras dirán, magnificando el accidente bajo el lente del tiempo, que en este peldaño el pequeño (Eric, Alejandro, Nicolás u otro miembro de la última camada) estuvo a minutos de morir desangrado en azarosas circunstancias. Lo cierto es que el tiempo suele tender una nube de misterios sobre los viejos rincones olvidados.

Cuando era muy niño pensaba que la escalera conducía al cielo, cuando joven oí “Stairway To Heaven” y conociendo apenas la melodía hipnótica de Led Zeppelin y la traducción del título, creí justo asegurar que la lírica estaba dedicada a nuestra desvencijada amiga, omnipresente en tres o cuatro generaciones de González.

Los designios del tiempo suelen ser crueles, o cuando menos injustos. Sobre la tierra en que mis bisabuelos maternos construyeron su familia hoy se yerguen dos grandes moles de hormigón y vidrio. Las arboledas desaparecieron junto con nuestros recuerdos, arrancadas de raíz por el progreso, silenciadas por la maquinaria infernal de la modernidad que con los siglos ha convertido la humilde Villa de San Agustín en la Ciudad del Trueno.

Nuestros fantasmas se fueron, los chicos de hoy ya no les temen, y mi duende personal, recuerdo de una inocencia que se diluyó en el tiempo, hoy llora el olvido bajo la sombra invisible de una vieja escalera que solo existe en nuestros recuerdos.
 

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Se puede ser más listo que otro pero no ser más listo que todos los demás.

F. de La Rochefoucauld

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