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Portada Relatos temáticos Caballo ganador El valle de los caballos

El valle de los caballos

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Midnight Beauty, el caballo afeminado, se estiró y aceleró a mitad de la recta final, separándose del pelotón, pues quería ganar, lo llevaba en la sangre. Era un caballo de carreras, y quería hacer honor a su nombre. El siempre creyó en su victoria. Es más, estaba absolutamente seguro, algo en su intuición equina se lo decía. Aceleró como en las mejores ocasiones, pegado a los palos, y todo fue bien los primeros trancos. Pero de repente, un dolor inaguantable le recorrió la caña, toda la pata, el cuerpo y el cuello hasta llegarle al cerebro. No lo podía resistir y sin embargo siguió intentando correr y correr, dar lo máximo, a pesar de estar muriéndose de sufrimiento. Su jockey notó algo raro y dejó de pegarle con la fusta, y de arrearle con las riendas. Midnight Beauty empezó a llorar, pues había pensado, tenía previsto, que esta iba a ser su penúltima victoria, la previa a la que le catapultaría a la fama, la victoria precursora  y premonitoria del gran premio, la confirmación de sus heroicas hazañas en el extranjero, un toque de atención. Pero no podía, y se fue apagando como una vela entre corrientes de aire. En la curva después de la meta, y ya sin fuerzas, cayó al suelo. Vio, o más bien oyó, como Borja su jockey, lloraba. Y una sirena que oía a veces en la lejana carretera durante los entrenamientos mañaneros y que le ponía nervioso, se hacía paso entre la multitud de gritos de horror y de súplica.-:”¡No, el no¡”- dijo, más bien gritó alguien-“Estaba en todos los grandes premios, y no son de hierro; tenía que pasarle, era un riesgo que estaban corriendo continuamente su preparador y su propietario”-Eran comentarios que llegaban atemperados y ensordecidos por la distancia al sensible tímpano de Midnight B. Mientras empezaba a llegar un tropel de gente alarmada corriendo, alterada por el suceso,- su preparador, su propietario-, el veterinario se arrodillaba junto a el rápidamente y le inyectaba un tranquilizante para evitarle dolores sin motivo.

Al cabo Mid percibió en su arco visual a su dueño. Discutían el, su preparador, M Delcher, y el veterinario. El preparador y el propietario lloraban, y a Mid eso no le gustó nada, le chocó sobremanera. Su propietario hablaba y hablaba por teléfono, lo cual le pareció raro, no era buena señal tampoco, y los señores que  juzgaban a los caballos en su aptitud para salir de los cajones estaban también deliberando con el veterinario y el preparador, ¡que extraño¡ Se barruntaba una inquietud generalizada. El trainer, en un momento dado se retiró del grupo y se alejó, dándose golpes con los puños en la cabeza, casi tirándose de los pelos. Era un hombre calmado normalmente: ¿Qué era entonces lo que le pasaba?-Se preguntaba Mid, nervioso a pesar del sedante. El no sentía ya el dolor, con lo cual pensaba que el veterinario le había curado, pero entonces:-¿Por qué no podía levantarse?, y ¿Por qué toda esa gente que le quería tanto bullía tan preocupada?, llorando algunos, maldiciendo otros, implorando al cielo los más extrovertidos o exagerados.

Entonces vio pasar a su compañero PG, y sabiendo que era experto en lesiones, pues había sufrido una grave entrenándose para la Copa de Oro, le recorrió un escalofrío cuando este le dirigió esa mirada llena de piedad y de misericordia equina como no recordaba otra:-“Amigo, compañero Mid, seguramente algún día nos volveremos a ver allí, y ya será para siempre”-oyó que le decía-, y vio como una lágrima, ¡una lágrima¡ caía por las mejillas del duro y fuerte PG, su compañero de generación, de sinsabores, de alegrías. ¡¡Algún día¡¡, ¡¡Nos volveremos a ver¡¡,¡¡Para siempre¡¡ ¿¿Dónde??. Mid estaba anonadado, alucinado, totalmente perdido, no entendía nada.

    Pasaron unos minutos que a Mid se le hicieron eternos. Tanto que le dio tiempo a repasar su corta vida. Primero en los prados con su madre, en las lejanas tierras del norte europeo, en aquella vida regalada y fácil, jugando con compañeros de generación en pequeñas manadas, tanteando a averiguar quien era el jefe y el más veloz en los prados abiertos y verdes. Luego recordó la separación de su madre y de los amigos, como se hizo mayor a la fuerza, se hizo solitario, él, que era por naturaleza un animal juguetón y amigable. Recordó cuando le llevaron a ese circo, subastas les llamaban, en donde un hombrecillo cantaba unos rituales muy repetitivos, que oyó un momento antes de salir al ring de las subastas. Entonces empezó su vida de trabajo. Conoció a su dueño actual, al señor Delcher su preparador, a B. Fayos, su jockey. Recordó su triunfal campaña de dos años en el verano de San Sebastián. El heroico triunfo en el otoño francés, que le hizo convertirse en un caballo a batir. Y su campaña de tres años, tan cansada, interminable, agotadora. Como se sintió luego infravalorado, despreciado, insultado. Y ahora, que parecía que iba a confirmar su valía, su madera de campeón, esto. Entonces oyó una voz que se acercaba:-“Tranquilo Mid, solo será un momento, solo un momento, lo siento chico, ehem…, bueno hemos hecho todo lo posible, lo hemos pensado mucho y discutido a rabiar, pero hubieras sufrido tremendamente, no hubiera sido humano dejarte con esa pata así, con ese dolor, ese sufrimiento, toda la vida, teníamos que hacerlo, y decírtelo amigo, adiós”- y le dio unas palmadas en el cuello, que eran caricias de amigo y algo más. Mid se extrañó, ¿por que le calmaban así su dueño y su veterinario? ¿Por qué de esa manera?, ¿que era esa jeringuilla que el veterinario acercaba ahora a su cuerpo?¿No le habían puesto ya otra, un calmante o algo parecido? Entonces el veterinario le miró, le miró como nunca le habían mirado, ni el, ni ningún otro veterinario, ninguna otra persona. Era una mirada que suplicaba perdón y que tenía algo de última mirada,¿Por qué?¿Iba a hacerle algo especial?.¿Inconfesable?¿Monstruoso?

 El hombre entonces inyectó el líquido misterioso, y Mid sintió que le recorría un escalofrío. Súbitamente, Mid recordó la mirada de PG, la de su propietario, la del veterinario, el llanto de su jockey, y empezó a comprender algo, luego más, y más, y aún más, y todavía más, hasta que de pronto lo comprendió todo, y no tuvo lágrimas suficientes para llorar por su vida, y por eso no lloró. Poco a poco Mid sentía que su vida se apagaba, cada vez más, cada vez un poco más. Se sentía más  y más débil, veía todo más y más borroso, y se imaginaba incapaz de levantarse en un caso hipotético de tener que hacerlo. No, ni siquiera sería capaz de estar tumbado pero con la cabeza levantada. Se fue desmayando y perdiendo el sentido cada vez más y más, y lo último en lo que pensó era que quizá no debiera haber acelerado a mitad de la recta. Debiera haberse quedado en mitad del pelotón y haber esperado al verano, el verano y San Sebastián eran su temporada, y las flores y los caballos solo florecen de verdad una vez al año. El, el caballo afeminado, era solo flor de un día cada año, y su día no era hoy, ese maldito día en que quiso volver a ser el mejor.


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