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El camino

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Hace tanto frío que el viejo, al respirar, siente como una puñalada en el pecho. Van ambos, la niña, asida de su mano reseca, ahora enfundada en el guante de lana húmeda, y el anciano. Ambos convertidos en bolas de paño, calzados de madreñas, él con pasamontañas que no deja ver sino los acuoso ojos cansados, transparentes, la niña con una bufanda vieja enrollada y la boina roja,
-¿Falta mucho? -jadea la niña-
-Ya no -suspira casi inaudible el viejo-
-Siempre me dice que no -se lamenta ella- y andamos, andamos y todavía queda un poco más.
Se vuelve, contempla las huellas, que se alargan hasta donde llega la vista y subraya con un gesto, a la vez, la queja y el cansancio.
-Canta -la anima el abuelo- Cuando yo estuve en la mili y no podíamos más, el teniente Canella nos decía que cantásemos una canción alegre, y, si hacía frío, una canción que hablase de sol radiante, flores de muchos colores, verano, cosecha y amor.

-No me llega la voz -suspira la niña- a la garganta. Apenas me llega para decirte que no puedo mas.
-Mira, ¿ves allí arriba, en el collado, aquel humo? Pues es la chimenea.
Allí viven. Cuando lleguemos te darán un tazón de leche y unas castañas cocidas. Y habrá fuego en la chimenea. Y la abuela te contará algún viejo cuento …
Mientras habla, la niebla se ha ido tiñendo de oscuro, entristeciendo, la tarde. No demasiado lejos, se escucha un tímido aullido, al que contesta otro de más lejos.
-¿Lobos? -pregunta asustada la niña-
-Se avisan de que llega la noche. Todavía no vendrán. Es como si se citaran, porque mientras no sean muchos, los temerones no vendrán. Nunca sale un lobo solo de caza.
Desde el collado en que están ahora, se entrevé, en el umbral de la noche, la silueta de una casa que ampara un soto de que brota la frágil columna de humo ahora por contraste blanquecino, indeciso, que por fin sube, abriéndose camino hacia donde se ha encendido el primer lucero.

La nieta y el abuelo, casi se arrastran para alcanzar aquella loma, a duras penas consiguen coronarla, la casa queda sólo a doscientos metros de

la cumbre, pero pese a la corta distancia han de tenderse a descansar y recobrar aliento, arrebujados el uno contra el otro para pasarse el poco calor que aún queda en sus cuerpos…

_ ¿Esta es la casa?, pregunta la niña, parece a punto de derrumbarse. ¿Y quién vive ahí?

_ Ahí vive la viuda de mi hermano, es decir mi cuñada, él hace muchos años que murió, desde su entierro, no he vuelto.

_ ¿Y de qué murió?

_ No se sabe, le encontraron en el monte tras dos días de búsqueda.

_ ¿No serían los lobos?

_ Ninguna herida tenía, según me contaron parecía dormido con los ojos abiertos, muy abiertos, como espantado. D. Pedro el médico dijo que fue un ataque al corazón, posiblemente por algún susto.

Apoyados el uno en el otro alcanzan la puerta y al llegar el anciano golpea repetidas veces el aldabón de la desvencijada puerta; Con el último golpe la puerta se abre, la chimenea está encendida, pero en las tres míseras estancias no hay nadie y, sobre la mesa dos platos de los que emana vapor y un delicioso olor.

_ Comamos niña, seguro que la Jacinta nos ha visto llegar,  preparó esto y  salió al pequeño corral, estará preocupada por los lobos y sus  cuatro ovejas.

Comen ávidamente aquella especie de potaje sabroso y caliente, el viejo bebe de una botella de vino, la niña de una jarra de leche.

Saciados se tumban sobre el suelo al lado de la chimenea en espera de que llegue la dueña de la casa, pero la sustanciosa cena y el cansancio acumulado hace que al poco se queden dormidos.

La tímida luz de la mañana despierta primero a la niña, y observa  que tanto el abuelo como ella están tapados con mantas deshilachadas pero abrigadoras, codea al anciano para que despierte y cuando abre los ojos le dice:

_ Abuelo he soñado que alguien me besaba en la frente, me tocaba el pelo y me acariciaba.

_ ¿Nos arropó?, interrumpe el abuelo, porque estas mantas demuestran que no fue un sueño.

_ Eso no lo recuerdo, pero si que estaba muy calentita y feliz.

_ Pues yo creo que no ha sido un sueño mi niña, porque la chimenea sigue encendida, alguien ha puesto más leña

La niña se levanta y recorre las otras dos habitaciones y observa que todo sigue igual a como lo vio por la noche.

_ Abuelo, pero aquí no hay nadie.

_ A lo mejor la Jacinta no ha querido despertarnos y ahora ha vuelto a salir, seguro que está en su huertecillo.

En la mesa dos tazones blancos junto a una canasta de pan y una jarra de miel a la espera de que los huéspedes abrieran los ojos, daba cuenta de que Jacinta no solo les recibía con afecto sino que además se esmeraba por atenderlos. Sin embargo, la entrañable mujer, a quien el abuelo recordaba por su inmensa fortaleza de carácter a pesar de su menuda y desgreñada figura, no aparecía para darles la bienvenida.

- Ha comenzado a nevar - reclamó la niña asomándose con dificultad al pequeño ventanuco que iluminaba la estancia.

El abuelo se acercó a la puerta y trató de abrirla. La perilla giró suavemente y una gélida cascada de luz se precipitó sobre sus ojos forzándolo a cerrar bruscamente.

- ¿Hay algo afuera?, preguntó la niña casi susurrando.

- Nada - respondió el abuelo - es solo el viento y la luz del día.

La niña acercó una silla a la ventana y trepada allí contempló el húmedo paisaje. Las huellas de su llegada se confundían ahora con pisadas frescas. No había dudas: Jacinta estaba afuera, pero no se le oía. Las nubes abrían claros sobre el horizonte dibujando caprichosos espectros sobre los collados.

- Veamos si podemos hacer algo, seguro que Jacinta ya regresa.

Se acercaron a la mesa y disfrutaron el desayuno. La chimenea ardía plácidamente calentando la jarra de leche instalada a distancia prudente para mantenerla apenas tibia.

Por fin se oían pasos en el exterior, Seguro era Jacinta, la cuñada del abuelo. Aunque no le veía hace más de una década creía reconocer su pasos, livianos, pero enérgicos, acercándose a la casa. De pronto un aullido distrajo la atención de ambos.

- Abuelo... ¿su hermano cazaba lobos?

El abuelo sonrió ante la intempestiva pregunta.

- No lo se, pequeña. Mi hermano era leñador y seguro cazaba solo lo que se pudiera comer.

- Pero los lobos no se comen, son como perritos, ¿verdad?

- Parecen perros, pequeña, pero son desalmados y traicioneros.

Se apartó de la mesa en dirección a la puerta y aguardó pacientemente con la esperanza de que Jacinta le reconociera al instante. Los pasos cesaron, los aullidos se repitieron y la niña perdió las ganas de comer. Los lobos le impacientaban tanto como la noche, pero era de día y los animales estaban rompiendo sus hábitos rondando la casa a media mañana.

- ¡Y Jacinta que no aparece! - exclamó el viejo, haciendo eco del nerviosismo de su nieta.

Una ruma de leña se desbarató ruidosamente al tiempo que las ovejas hacían escándalo en el corral. La niña volvió a treparse a la silla frente a la ventana auscultando a la distancia el camino agreste por el que habían llegado. Tras las colinas emergían tímidas columnas de humo pintando de gris los estrechos claros azules en el cielo encapotado.

- En esta época del año escasea la comida - aclaró el abuelo - y los lobos se acercan demasiado a las casas, acechan en los caminos y hasta atacan a los viajeros.

Los ojos de la niña parecían perdidos en la lejanía. Sus pensamientos estaban más allá del horizonte, tan distantes que no acertó a reaccionar cuando la puerta por fin se abrió.

Lina estaba impresionada por las palabras de su abuelo. Los lobos, hasta ese momento, eran personajes terroríficos de relatos de viejas que la hacían volver aterrorizada junto a su madre; pero se pasaba pronto el susto. Cuando le preguntaba a su madre por los lobos, ella siempre pintaba una imagen mucho más atractiva: seres fuertes, duros, acostumbrados a la dificultad, que eligen su pareja para toda una vida y son más amantes y protectores con sus crías que muchos hombres. Es cierto que, cuando escasea la comida, ellos atacan al ganado; porque es mucho más fácil hacerse con un cordero o una vaca que con un gamo o un ciervo; pero eso lo hacen sólo cuando peligra su vida y la de sus crías porque les falta alimento.

Su madre le contaba con una voz en la que flotaba algo parecido al amor y la nostalgia, hermosas historias en la que los lobos recogían niños perdidos y les amamantaban junto a sus crías. A veces esos niños eran localizados o llevados a una aldea por los propios lobos y sus padres les recuperaban. Los lobos nunca olvidaban su olor y mientras viviera, la jauría que les había acogido les trataba como parientes y en ocasiones, les habían protegido.

Ella se calmaba con aquellas historias, mucho más atractivas que las de la vieja Fredes; pero ahora que oía por primera vez el aullido de los lobos, se inclinaba más por la versión aterradora de Fredes que por la amable de su madre y sentía el corazón en un puño, escuchando los pasos de Jacinta, la cuñada de su abuelo, temiendo que sonara en cualquier momento el grito de terror que provocaría el ataque del lobo que sonaba tan cercano. No entendía qué hacía fuera; por qué se exponía tanto y cuando se abrió la puerta, sintió un gran alivio.

Tuvo ocasión de observarla desde todos los perfiles; porque venía arrastrando algo que la obligó a maniobrar para sortear el hueco de la puerta y meter dentro lo que traía con ella. Era la primera vez que la visitaba y había imaginado una vieja de aspecto huraño y descuidado. A fin de cuentas, vivía sola y aislada y no tenía grandes motivos para asearse y cuidar su aspecto; pero cuando se volvió a ellos, tras concluir la maniobra dejando a un lado un venado muerto, antes de cerrar, encontró algo muy distinto:

Era vieja, sí, como el abuelo. Era menuda, como él la había descrito; pero no se parecía en nada a lo que había imaginado. Sus ojos, rodeados de una fina red de arrugas, eran como dos lagos que reflejaran la luz de una mañana de mayo. Su sonrisa les envolvía en una catarata de alegría, ternura y había tanta bondad y sabiduría en aquel rostro, que su entrada bañó la estancia sumida en la penumbra cenicienta de un cielo ahíto de nieve con una luz cálida y acogedora que provocó una sensación intensa de bienestar.

Saludó a su abuelo como a un hermano y vino hacia ella.

–Así que ésta es Lina. ¡Cuánto has crecido, criatura! Te hacía mucho más pequeña; pero ya se sabe: los niños crecen más rápido en casa ajena que en la propia. Me parece que fue ayer cuando bajé a tu bautizo. Claro que eso es normal, suele pasarnos a los viejos: el tiempo corre como el viento para nosotros y diez años nos parecen un suspiro. ¿Habéis desayunado bien?

–Muy bien. Tan bien como siempre. Siempre fuiste famosa por tu hospitalidad pero… ¿Cómo va todo? ¿Cómo te las arreglas tú sola aquí, en la braña? Sin Adolfo tiene que ser muy difícil. Deberías bajar a la aldea, Jacinta.

–Prefiero esto, Mino. No me gusta la vida en la aldea: demasiadas rencillas, demasiado chismorreo, más envidias de las que puedo soportar. Aquí estoy bien, tengo todo lo que necesito y estoy en mi casa, con mis cosas; no molesto a nadie.

–No molestarías abajo —protestó Mino ofendido—. Al contrario. Nos haría muy felices tenerte con nosotros. Baja al menos hasta que pase el invierno. Va a ser muy crudo.

–Sí, sí que será muy crudo; pero estoy bien preparada. Tengo la despensa llena, acabo de encontrar este venado que se despeñó por la roca de los Remedios, supongo que huyendo de los lobos.

–Esa es otra, Jacinta. Es peligroso estar aquí en un invierno tan crudo. No van a tener alimento y acabarán entrando en tu corral. Pueden atacarte, si las cosas se ponen muy feas para ellos.

Jacinta sonreía al escucharle y Lina contuvo el aliento al reconocer la ternura y la nostalgia que vio tantas veces en su madre (nacida y criada en una braña, como Jacinta) cuando hablaba de los lobos.

–No hay riesgos, Mino. Hay mucha caza. Incluso causan problemas los rebaños de ciervos y corzos que andan por la zona. Tienen comida abundante y no les faltará nada por dura que sea la invernada. Y a mí tampoco. Todos los inviernos, desde que murió Adolfo, caen un par de animales por la peña. Sólo tengo que orear la carne, ponerla en salmuera o aceite y ya tengo cuanto necesito para alimentarme bien.

– ¡Qué raro resulta eso de que caigan un par de venados por invierno! —Mino no lo entendía—. No hay tantos lobos, después de todo, para que sus cacerías se acerquen tanto aquí y tengas la suerte de que te caigan los ciervos a la puerta.

–Lo sé; pero ocurre. Voy a poner manos a la obra, tengo que desollarlo y despiezarlo.

El abuelo se ofreció a ocuparse de aquella labor. Había sido cazador en sus tiempos y había hecho aquello muchas veces. Lina ayudó en lo que pudo y cuando la anciana dispuso un cubo para dejar en él las vísceras del animal que se había roto el cuello, junto con la cabeza, mucho antes de que dijera que iba a sacarlo fuera para los lobos, sabía que lo haría. Era parte del trato, estaba segura. El abuelo no lo entendía; pero ella sí.

Mucho después había de recordar Lina a su propio abuelo y a Jacinta, y los iba a recordar allí mismo, en aquellos días que pasó acurrucada entre el temor y el frío de fuera.

Los conservaba intactos en su memoria adolescente. En las tardes en que la vencía la nostalgia y el recuerdo.

Entonces empezó a saber, de la forma práctica que da la experiencia, que el anhelo de las personas es un anhelo de las situaciones vividas con aquellas personas. Y que los recuerdos están vivos mientras exista alguien recordando.

No hubo ataque de lobos aquella noche, ni sobresalto al alba. Todo ocurrió calmosamente como una tarde perdida sobre el césped.

 

Hubo un tiempo precioso. Detenido el tiempo. Solamente.

 

Autores:

BoscoEnmanuGermán AburtoDarane - Anado

 

 

 


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