Reconozco que la tentación es grande y voy a acercarme para verte. Eres un hombre con cara de niño, esa es la maldición de nuestra familia que en primera instancia crea el prejuicio de la falta de seriedad y hace difícil el contacto, pero a la postre facilita la acogida con gente de todas las edades.
Se que quieres respuestas y no las tengo.
Se que tienes inquietudes que nadie comparte y las manifiestas con lápiz y papel; habrá quienes digan que tu futuro está en las letras, que no tienes como evitarlo, pero lo cierto es que el destino no está escrito aún cuando la genética pareciera cifrar cada uno de nuestros movimientos sobre esta tierra. También tienes dotes pictóricas y no me sorprende, no obstante, jamás apostaría a verte exponiendo tus obras al arbitrio público (por egoísta que parezca, yo aún no lo hago).
Apenas conozco pequeños detalles de tu vida y creo que no debe interesarme nada; el pasado no existe porque no lo compartimos y no vale la pena hurgar en páginas mal escritas de mi vida. No estuve en tu primer día de colegio, no consolé tus primeras lágrimas de amor ni sufrí la espera impaciente al regreso de tu primer baile... haz sido quizá un recuerdo lejano y triste de momentos que se diluyeron en la tinta de mis cuentos.
Hoy he revisado textos de hace diez años y descubrí que estás oculto en todos ellos, camuflado entre referencias veladas a personajes anónimos.
Me culpé de muchas cosas, fui cobarde, irresponsable y hasta insensible. Siempre di la batalla por perdida aún cuando afirmaban que la ley amparaba mi causa.
Me han dicho que quieres verme, yo también anhelo mirarte a los ojos, pero llegado el momento intento poner en la balanza diez años de ausencia y apenas seis de vidas compartidas. Una década de historia es mucha agua bajo el puente, son aludes de información que siento innecesaria y que acabarían por sepultar la última imagen que guardo de nuestra breve convivencia.
Tengo un retrato al óleo de la inocencia que el tiempo seguro te ha robado: desnudo frente a la ventana, etéreo como ángel renacentista, ausente, quizás en presagio de nuestro futuro, mirando la pirotecnia eléctrica de un invierno que se hizo eterno.
La casualidad me puso a prueba y nos encontramos frente a frente en la ciclovía del parque. Solo nos miramos como dos desconocidos y en un segundo supe que debía seguir pedaleando. Tras las disculpas de rigor ayudé a acomodar la mochila en tu bicicleta y me despedí.
Aún dudo, creo que por largos minutos sentí tu mirada sobre mi espalda hasta que me perdí en el horizonte. Estoy seguro de que observabas mientras me fundía en la perspectiva del paisaje, pero no se a quien veías y prefiero pensar que contemplabas al ciclista taciturno que irrumpió con descuido en tu paseo matutino.
El daño está hecho, o quizá no, pues tengo la seguridad de no haberte causado las angustias y pesares que suelen tensar las relaciones filiales en la preadolescencia, sin embargo, siento que diez años de historia se han escapado entre mis dedos como si de una infernal amnesia se tratara.
Son diez años de historia, la parte más importante de tu vida... no me pidan que comparta recuerdos ajenos como las sobras de un plato que otros disfrutaron. Es muy simple: búscame si crees que puedo compartir tu futuro, pero jamás me hables del tiempo perdido.
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