El tiempo siempre jugo en mi contra.
La paz y la guerra me sumieron en un caos del que nunca supe ni quise salir. Intenté vivir a mi forma, rotunda y febril.
Caminé por las calles, sola. Me caminé sola y libre, triste tal vez, en aquellos momentos en los que no me supe entender, en los que necesite tu mano en mi pelo. Y no me entendí porque tú no quisiste entenderme.
Rogué tu paz bajo las sábanas arrugadas de aquellas noches eternas, y no obtuve ni paz ni guerra. Sólo la espalda perversa del que no tiene más palabras que regalar que las que se escapan de los libros que amontona en la mesita de noche.
No tuve miedo. Ni cuando cruce tu ciudad a media luz, entre personas desconocidas, ni cuando quise desaparecer entre el óxido de los arruinados barcos de Boca.
No tuve miedo ni siquiera cuando dejaste de mirarme a los ojos, para no tener que mentirme.
Ni miedo, ni lástima, ni autocompasión.
Miedo no, pero ¿y mi paz? ¿y las palabras que vertí en tus manos? ¿las sonrisas que perdí esperando que mis pasos cambiaran la dirección de tus huellas?
Necesidad. Necesidad de recoger uno a uno los granos de arena de este reloj que me sepultó sin darme cuenta, mezclándose con mis propias cenizas.
Besé la vida tal como vino, la viví, la bebí y me consumió.
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