Esto que yo cuento ahora, pasó hace muchos, muchos, tal veinte o treinta y hasta puede que más años todavía, cuando los veranos no se habían hecho tan calurosos, ni durante los inviernos nevaba tan poco y había más tiempo para hacer las cosas y la gente no se subía en seguida, en cuanto no había clase y había vacaciones, a los coches, para salir huyendo o salir en busca de nadie sabe qué clase de tesoros que en realidad no existen, y, cuando más, lo que hay al final de la carretera que sale de nuestro valle es otro valle parecido al nuestro, rodeado de más o de menos profundos bosques, y lo único que seguramente está poblado de otros niños y otros padres fantásticos, como los nuestros, que puede que sepan caminos intrincados, de esos que no llevan a ninguna parte y por eso las hadas y los elfos, los gnomos y la demás gente menuda los escogen para plantar sus campamentos y sus mundos, porque como es un camino que no llega a ninguna parte, por allí no pasa nadie más que los niños, que siempre van en busca de aventuras y algunos mayores que caminan y caminan toda su vida en busca de la belleza o de la fantasía.
Y esto es lo que le pasó, así, sin más, a un niño que se llamaba Juan, cuando era niño y tenía los ojos profundamente negros, muy brillantes, como dos pequeñas canicas de cristal, y el pelo negro y lacio. Juan era un niño flaco, que parecía que siempre estaba hambriento, pero que cuando llegaban las horas de comer, su madre se volvía loca, le trataba de engañar, le preparaba golosinas cocinadas con colores atractivos y brillantes, pero él se negaba y sólo iba comiendo, muy poco a poco, cuando se distraía mirando los dibujos animados de la ventanilla de la televisión.
Juan vivía con sus padres en una casa de los límites de su pueblecito, donde las calles, de repente, dejaban de ser calles y se metían, convertidas en caminos de barro, por el campo adelante, en dirección a los profundos bosques y los lagos azules de las montañas que cerraban el valle, por las que subía, hacia la capital, una carretera muy estrecha, que se iba atando y desatando, haciendo lazos y curvas, cada vez más cerca de la nieve que había en lo más alto de las montañas.
Un poco más allá de la casa de Juan, todavía dentro del pueblecito, había una plaza que en el medio tenía una fuente donde bebían todas las palomas del pueblecito, y en una casucha pequeña de esa plaza, vivía Teresa, “la de la palomas”, que todo el mundo le llamaba así porque solía andar por la plaza, cuando estaba jugando con sus amigas al corro, a los globos o a las muñecas, o a correr y encontrar a las que se habían escondido, siempre rodeada de palomas que revoloteaban a su alrededor, la seguían formando una nubecilla de palomas en el aire, y, si se paraba, se posaban a su alrededor esperando. Porque Teresa, hacía muchos años, el día de la gran nevada, cuando se suspendieron las clases y todos los niños del pueblo se persiguieron aullando de alegría y pegándose bolazos de nieve, hicieron multitud de muñecos de nieve con bufandas rojas y sombreros de lana y se dejaron resbalar metidos en cajas de embalar por la cuesta de la calle de la Iglesia una y otra vez, cuando los pájaros se morían de frío, había salido de su casa con bolsas de gusanitos y se había puesto a repartirlos por toda la plaza de la fuente para que pudiesen comer las palomas, y luego fue hacia su casa dejando un rastro de gusanitos por el suelo y acogió en el portal de la casona a las palomas todas, de la plaza, de modo que no se murió ninguna aquel día de la gran nevada, que el señor Alcalde, no sé si recordáis, se cayó de culo en la puerta del Ayuntamiento, porque resbaló en la nieve helada, y los guardias municipales que estaban en la puerta, muertos de risa, tenían que volverse de medio lado para disimular, menos dos que fueron a ayudar al señor Alcalde, que se frotaba la parte dolorida diciendo: no es nada, no fue nada, no pasó nada.
Juan era un niño que tenía dos miedos muy grandes, como pajarracos de cuello pelado, el miedo a la oscuridad y el miedo a estar solo. Y su padre trataba de quitarle el miedo a la oscuridad mandándole al piso de arriba, donde estaban apagadas las luces, a buscar unas cosas y otras, y Juan subía ya por las escaleras hablando solo y silbando canciones para disminuir la oscuridad, y procuraba imaginarse que él mismo era una vela muy grande, que daba una luz enorme, casi deslumbradora, y se imaginaba que a su alrededor había un paisaje, y luego, como apenas llegaba a las llaves de la luz, se alzaba de puntillas, encendía y bueno, se iba arreglando al comprobar que o allí no había nadie o los dragones de dos o tres cabezas, los gorilas grandes y gordos y las brujas desdentadas habían huido, con las sombras, a detrás de las butacas y de los armarios de la abuela, que olían en invierno a manzanas y bolas de la polilla.
También tenía miedo a quedarse solo, porque cuando estaba solo era frecuente que se encontrase consigo mismo, como si se estuviera mirando en un espejo, obligado a mirarse y descubrir que no era exactamente como él creía que era. En realidad no podría decir en qué se distinguía de su reflejo, pero las diferencias estaban allí y eran más bien de carácter y de comportamiento. Era como verse al trasluz, descubrir pensamientos e intenciones y comprobar que allí había cosas que no le gustaban.
Teresa no tenía casi ningún miedo, o por lo menos ella no sabía que los tuviese, porque era la hermana mayor de varias y siempre estaba ocupada y vigilante para que a sus hermanas más pequeñas, todas inquietas, no les pasara nunca nada malo. Y luego estaban las palomas, que eran sus amigas y eso la obligaba a tener consideraciones con ellas, cederles algún paquete, sobre todo en invierno, en los días más fríos, de su provisión de chuches y gusanitos, y para cuando acababa, tenía que seguir leyendo su colección de cuentos, en que pasaban tantas cosas que a Teresa se le llenaba la cabeza de fantasía desbordante y en cuanto se quedaba sola, la rodeaban los personajes y los paisajes de sus cuentos que jugaban con ella e inventaban cada día aventuras increíbles, como aquella tarde que se subieron al mayor árbol del jardín de la abuela, que era un fresno y cuando se quedó de repente sola y casi en la rama más alta, no podía bajar y se quedó casi muda de miedo a que si gritaba se rompiesen las ramas y se cayera a tumbos por entre los nidos de los pájaros y las telarañas.
Menos mal que como era un fresno, pasó por allí la ardilla que lleva los recados del águila que vive en la copa a la tortuga que habita en la raíz, se lo dijo a la tortuga, la tortuga avisó a los bomberos y trajeron una escalera muy larga y subieron en busca de Teresa, que estaba muy asustada y se había roto su vestido nuevo recién estrenado. Hay que ver cómo se puso su padre y su madre lloraba, y Teresa salió de su habitación por la ventana, bajó por un tejadillo, se dejó caer a la calle y decidió no volver hasta que todos se calmasen y comprendieran.
Ese fue el día que conoció a Juan, ya por la tarde, cuando lejos, en el horizonte, el sol se agacha a darle un beso a la tierra antes de dejarse caer en su cama de más allá del horizonte y las nubes se ponen de color naranja para que se duerma pero no tenga miedo.
Juan venía de su casa, escapando de la posibilidad de que su padre le mandara al piso de arriba, al piso oscuro, a buscarle las zapatillas blandas que se ponía todos los días al venir de su trabajo. Si no estoy en casa –razonaba Juan- no podrá mandarme, y cuando yo llegue, ya las tendrá puestas y estará enfrascado en el periódico y puede que hasta no me oiga entrar. Por eso había salido en busca de sus amigos, sin darse cuenta de que a aquellas horas ya debía estar cada cual en su casa. Iba corriendo y al doblar la esquina tropezó con Teresa.
Que a su vez venía corriendo y al doblar la esquina tropezó con Juan.
Y se quedaron los dos en el suelo, ambos sentados, mirándose primero con sorpresa. Luego, en seguida, se echaron a reír.
-¿Adonde ibas con tanta prisa? –preguntó Teresa-
-¿Adonde …? –tardó un poco más en preguntar Juan, porque los niños siempre tardan un poco más que las niñas en reaccionar-
De nuevo se rieron.
-No sé adonde iba
-Pues mira, yo tampoco
-Yo iba escapando de un enfado de mis padres porque me tuvieron que bajar del árbol
-Yo estaba haciendo tiempo para no subir a buscar las zapatillas
-Claro –entendieron ambos sin necesidad de más explicaciones-
-Podríamos ir juntos –sugirió Juan, viendo el cielo abierto para escapar de la posible soledad-
-Bueno –aceptó Teresa sin saber por qué-
Caminaron.
Caminaron más.
Salieron de la última calle del pueblo y vieron el horizonte, lejos, justo bajo la luz anaranjada que encienden las nubes cuando se acuesta el sol para que no se quede enseguida a oscuras y le de tiempo a dormirse con un poco de luz.
El camino que iban siguiendo trepaba por una ladera. Abajo, a un lado, asomaban helechos sobre la niebla y una niebla color de perlas, se remansaba.
-Mi padre dice –contó Teresa- que esas nieblas del fondo de los valles, donde se presiente un arroyo- las hace un dragón cuando no echa fuego por la boca, como las hogueras cuando están a medias de apagar. Porque en el fondo de cada valle duerme una princesa, un hada o una xana y el dragón la cuida.
-Mi padre dice que no hay dragones –aseguró Juan-
En esto llegaron al borde del mayor de todos los bosques del contorno, que tenía tantas leyendas como árboles y cuyos árboles y leyendas nunca había sido capaz de contar nadie, de tantísimos como eran. Y Juan dijo:
-Me parece que vi pasar un unicornio
-¿Si? –preguntó Teresa dudando
-Yo creo que sí. Por aquella zona –y señalaba con el dedo-
-¿Vamos? –insinuó ella-
-Tengo un poco de miedo –confesó Juan-
-¿Quién va ser aquí la nena?
Entraron en el bosque.
Yo no sé si sabéis lo que pasa con los bosques, que nunca se sabe si estás entrando o estás saliendo, porque basta que te pierdas y gires y habrá cambiado de entrar a salir, y por otra parte, como nunca sabes donde está lo más profundo del bosque, tampoco sabes si vas hacia más hondo o hacia fuera. Caminaron.
Se había puesto el sol, pero había salido la luna, de modo que ahora la luz era más débil, mágica, cansada.
Y, en cuanto les tocó la frente como un dedo de luz que casi no es luz, sino oscuridad traslúcida, fue como si les borrara la memoria a Teresa y a Juan, que se olvidaron de que estaban en un bosque, de que les esperaban sus padres, de que era de noche, y quedaron incorporados al bosque, lo mismo que las ardillas, los gamos, los jabalíes, los árboles, los lobos, los zarzales, los grandes gorilas y los taimados cocodrilos, los caníbales y los pigmeos, los buhos de ojos inmensos en que cabe casi, casi todo el bosque con sus criaturas grandes y pequeñas, incluidos los lagartos, las culebras de agua, las salamandras, las ranas de verdad y los sapos que en realidad son príncipes encantados.
Y, de pronto, en un claro del bosque, se encontraron con el troll, que es un personaje peludo e inmenso, casi siempre malo y con malas intenciones.
-Je, je, je –rió el troll- ¿conque dos niños, eh? Comida para mañana o pasado, que ella está gordita, pero él está pelado.
El troll, que es grande como una casa de tres pisos, se arrodilló en el suelo para mirarlos bien y ya estaba alargando la mano grande, peluda y amenzadora como la de la bruja Undiente, que parece una garra de gavilán, cuando aparecieron las palomas.
Las palomas habían venido siguiendo a los niños, en realidad a Teresa, asombradas y un poco asustadas, de modo que ahora se lanzaron en picado y revolotearon en torno a la cabeza del troll, lo marearon, gruñía y eso dio tiempo a que llegase la señora troll.
A diferencia de los trolls machos, las señoras troll son menuditas y acogedoras como mamá Oca, y esta, que se llamaba Gertrudis, agarró al troll por el rabo con fuerza.
-¿Cuántas veces voy a tener que decirte que los niños no son para comer? Hala, rinoceronte, hipopótamo, que pareces una ballena con esa barrigota que se te está poniendo, de comer lo que no debes. A casa a comerte las galletas que acabo de hacer en mi cocina del árbol.
-Y vosotros –se volvió a los niños- apuntad mi teléfono móvil y si otra vez queréis venir al bosque, me llamáis y os acompañaré para enseñaros los animales y los caminos, las flores y los nombres de lo árboles y de los pájaros, pero ahora, lo que tenéis que hacer es volver a casa, para que no se mueran de pena vuestros padres.
Extendió la mano, se hizo un gran silencio en el bosque, fue como si de pronto, pasara una ráfaga de viento sin aire, un viento de luz o puede que de polvo de estrellas.
Y cuando abrieron los ojos, Teresa y Juan se descubrieron cada uno en su casa, y el padre de Juan decía:
-Juanito, sube al piso de arriba y haz el favor de traerme las zapatillas blandas.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado, pero continúa todos los días, y podéis cerrar los ojos muy apretados y decir: Teresa, Juan, nos vamos al bosque. Y os cogerán de la mano y podréis imaginar que llamáis a la señora troll, que es menudita, acogedora y tiene los ojos azules y os llevará a todos por el bosque y os enseñará los nombres de los árboles, de las flores y de los pájaros. Es importante saberlos para saber que nunca estamos solos en el mundo, donde, además, está el tropel de los ángeles y lo vigila todo el buen padre Dios. -
(3 Votos)





