Siempre había querido volver, tenía ilusión en ver de nuevo las calles iluminadas por Navidad, el centro, enseñarles a sus hijas la facultad, el lugar donde estuvo viviendo. Sentirse de nuevo en el que fuera el escenario de sus veinte años, pero esta vez de la mano de sus hijas y de su marido. Así que con la parte del dinero del premio que su padre le había regalado, ella decidió que se los llevaría de viaje, que no imaginaba mejor manera de gastarlo que en un viaje que pudieran luego recordar todos. Ella quiso que fuera en tren, quería que saliesen desde la estación de Francia, después de desayunar café con leche y croissants calentitos. No llevaban demasiado equipaje, lo puesto y dos mudas, como era por una semana y estarían en varias ciudades ya comprarían algo si lo necesitaban.
Cuando se sentó en el vagón, sintió la emoción de la partida, las niñas estaban contentas con las muñecas en sus rodillas, Pau se sentó a su lado y le cogió la mano con dulzura. Ella dejó el libro sobre la repisa de la calefacción, a mano, para dedicarse a él cuando las niñas se durmiesen y mientras el tren arrancaba, simplemente se sintió feliz. Los viajes en tren siempre le habían gustado, desde pequeña. Tenían algo de ritual, el tiempo para llegar al destino hacía que se preparase para el cambio, el avión era algo demasiado perverso, trastoca el espacio y el tiempo, en una hora te lleva a mil kilómetros, resulta antinatural. El tren en cambio no, te va introduciendo a nuevos paisajes, te aleja suavemente y sin bruscas transiciones a otro lugar, a otras gentes. Y mientras viajas, puedes moverte, conocer a otras personas, o incluso reencontrarte con amigos que hace mucho tiempo no veías. A ella le pasó así, se levantó para estirar las piernas y tomarse un café y en el restaurante, allí de pie estaba Alfonso. Igual no estaba, se había hecho más corpulento, el pelo algo más cano pero la misma mirada, cómplice y seductora de antaño. Lo primero que hizo al verla, es mover la cara de un lado a otro, no me lo puedo creer decía, mientras blandía la mejor de sus sonrisas y abría los brazos para estrecharla largo rato en ellos. ¿Cómo estas? No, ¡Cómo estás! Increíble, pero como tú aquí. Se sentaron en una mesa, pidieron y se pasaron todo el tiempo charlando sobre sus vidas, tantos años sin saber uno del otro, él de vez en cuando no podía reprimirse y le agarraba con fuerza las manos. Sonreía, no paraba de hablar, le hacía recordar anécdotas que le hacían estallar de risa, no sé cuanto tiempo debió transcurrir seguramente fue un buen rato, hasta que un niño se acercó a la mesa, y con un fuerte acento inglés dijo. Papá mamá dice que vengas ya. Sonreí complacida, aquel niño no debía tener más de 4 añitos, se le parecía mucho el mismo pelo rizado y rubito, los mismos ojos rasgados, las mismas orejas pequeñas. Así que tú, déjame adivinar, eres Gram, dijo ella acariciándole el pelo. Se despidieron prometiendo escribirse y no volver perder el contacto, se abrazaron con sincero cariño. Ella volvió con su familia, no te imaginas a quién me acabo de encontrar le refirió a su marido. El resto del viaje resultó placentero, a ratos jugaban a las palabras encadenadas, o a adivinar películas, o al ahorcado, o al scrabble. Cenaron a las nueve en el restaurante, muy bien, un plato de pasta y salmón ahumado con tostadas de mantequilla y de postre tiramisú. Se durmieron pronto las niñas, les dio un beso y las arropó a las dos juntas, y luego ellos aprovecharon el momento de intimidad, bajo el manto de oscuridad y del suave murmullo del tren mientras la luna indecisa, a ratos miraba por el cristal, él le confesó al oído: siempre he querido hacerlo en un tren. La luz de la mañana la despertó, el tren estaba quieto, ella estaba sola. Las maletas no estaban. Se sintió tranquila, liviana. Sabía que el tren había llegado a la estación, y de pronto comprendió que era su viaje, su despedida de todos aquellos a los que había amado y a los que continuaba amando. Que ella había muerto, que sus hijas, que Pau, no viajaban con ella en realidad, que el coche lo conducía ella sola, que quedó asida con inútil vehemencia a un volante, que no fue culpa suya, que con la lluvia aquella furgoneta se quedó cruzada en medio de su carril que no hubo espacio para frenar. Pero todo aquel tumulto de emociones súbitamente quedaba lejos, los sentimientos se atenuaban, como si la música de pronto se interpretara con sordina. Aquel viaje en tren la había preparado como tantas otras veces a otros paisajes, a otros lugares y con el ánimo sereno abrió la puerta para bajarse. Era su estación.
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