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Falsillas

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Hay voluminosos diccionarios de argot, de economía y negocios, de sinónimos y antónimos, de insultos, de filosofía, hagiográficos. En mis tiempos mozos de estudiante de bachillerato, recién salido del regazo de las enciclopedias ciclicopedagógicas de Dalmau Charles, si acaso, estaban a mi alcance el de la Academia, el escolar y una edición pequeña del valga la redundancia “pequeño Larousse” donde se resolvían mejor que en ninguna otra parte que yo conociese, nuestras dudas más o menos frecuentes. Me hacen también gracia los “libros de estilo”, que vienen a ser algo así como las “corbatas corporativas”, mediante que ahora algunas empresas ensayan la uniformización de sus funcionarios y empleados por un coste mínimo. Se ahorran el traje las alternativas del traje colectivo de Armani, el chambrón o el guardapolvo color gris ratón de un cierto amigo mío, que se lo ponía para estudiar, ya como postgraduado, como reminiscencia de sus tiempos de alumno de colegio “de pago”. También era importante entonces la distinción entre haber sido o estar en ello, alumno “de pago” o “de balde”, es decir, de la escuela pública, casi tan importante como haber sido o no estudiante de Eton para entrar o no en Oxford o Cambridge.
 

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