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Novena Sinfonía

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Destapó el capuchón de su pluma estilográfica para dibujar sobre el pentagrama el sinuoso trazado de la clave de sol. Sobre el escritorio, docenas de cuartillas desperdigadas sin orden ni concierto albergaban cientos, miles de notas. Otras tantas arrugadas se repartían por la habitación desechadas para siempre. Gustavo Tremante estaba a punto de poner fin a su novena sinfonía, sólo quedaban unas notas; los últimos acordes del arpa, el cálido sonido de las cuerdas apenas acariciadas. La certeza de la meta alcanzada no se presentaba en aquella ocasión repleta de buenos augurios, ni traía consigo el anhelo de un aplauso, más bien se terciaba oscura; mortecina.

Gustavo Tremante tenía la certeza inequívoca de que moriría justo después de terminar su novena sinfonía, tal como le había ocurrido a Schubert o Beethoven. Tal vez fuese un falso presagio; el delirio de un artista que ha ganado su genialidad en un trueque con el diablo, usando su cordura como moneda. En cualquier caso la macabra expectativa acongojaba al artista desde hacía unos días. Certeza que sin embargo le impelía a seguir componiendo, como si la desgracia acechante, ejerciese en su voluntad una suerte de irresistible atracción.

A través de la ventana, la noche aullaba con las voces de los lobos en celo. Gustavo Tremante había escogido aquel lugar aislado del mundo para componer su última obra. La “Posada de Roque” antaño transitada por carreteros y montaraces, se había convertido en un lugar desértico. El enorme caserón, construido hacía casi cien años era regentado por una mujer de mediana edad, que se afanaba continuamente en mantener el lugar con orden y pulcritud. No obstante, los cuidados de la hacendosa mujer no bastaban para soslayar las deficiencias de aquella vieja construcción; la estructura de madera crujía de vez en cuando como los huesos de un hombre al desperezarse, y en la noche, cuando los lobos callaban y los grillos apaciguaban su canto, podía oírse el roer de la carcoma alimentándose de los viejos muebles decimonónicos y más preocupántemente de las vigas del techo.

El soniquete del metrónomo encima de la mesilla marcaba el compás de la sinfonía que arropaba su mente. Absorbido por la música, Gustavo era incapaz de percibir los sonidos de la noche o el medrar de las orondas carcomas. Tan sólo quedaban unas notas y conforme el final se aproximaba, se le hacía más y más difícil controlar el temblor de sus manos. Rondaba la media noche cuando el último símbolo quedó escrito sobre el pentagrama. Gustavo Tremante esperaba una suerte de desgraciado acontecimiento; un infarto tal vez, un estornudo que delatase la presencia de alguna enfermedad latente que le llevase derechito al cadalso, un esputo sanguinolento, una lechuza que se asomase a través del ventanal como emisario de una maldición gitana... Empapado en sudor frío, el músico aguardaba boca arriba en su lecho la llegada del infortunio, sin plantearse siquiera que tal vez su carácter hipocondríaco, fuera el culpable de tan calamitoso estado de nervios.

Las horas marcharon con parsimonia, y a las dos de la mañana nada había ocurrido. Tal vez debía dormir un poco y olvidar aquellas supercherías alimentadas por tantos y tantos días dedicados al trabajo y la reflexión. Al cabo de un rato, el palpitar desbocado de su corazón comenzó a apaciguarse, y un sueño que se antojaba reparador le llevó a través de plácidos recuerdos. Montado en un borrico, recorría los campos sembrados de trigo cultivados en su tierra, mientras daba sorbos a una bota de vino que le pendía del cinto. Disfrutaba de aquellos calmosos momentos cuando el último trago se volvió amargo; la penumbrosa habitación se echó con voracidad sobre el paisaje, cuando el alarido de una mujer le trajo de vuelta. Gustavo Tremante saltó de la cama como un gato sorprendido por un “baldazo” de agua. Se aproximó con cautela a la puerta y arrimó su oído, pero no oyó nada. Permaneció allí durante un buen rato a la espera de un nuevo sobresalto, pero los minutos pasaban y en la habitación tan sólo se escuchaba el casi imperceptible festín de la carcoma. Fue entonces cuando empezó a dudar; ¿el grito había sido real o soñado? Siendo como era un hombre sumamente aprensivo, no hubiera sido de extrañar que se tratase de una pesadilla, sin embargo le resultaba extraña aquella pirueta del subconsciente, pues no comprendía cómo había hilvanado tan estremecedor golpe de voz dentro de un sueño tan calmoso.

Gustavo retiró el cerrojo y entornó el pomo con recelo. Su pulso se mantenía firme aunque su corazón volvía a galopar aterrado, como si esperase encontrarse al otro lado con la efigie de la mismísima parca. Un hilo de luz mortecina entró por la rendija de la puerta entreabierta; a través de ella, podía ver el pasillo iluminado por el mismo cirio que la posadera dejaba encendido cada noche frente al retrato de su difunto marido. Todo permanecía en calma; ningún ruido, nada que delatase el horrible acontecimiento que estaba a punto de suceder.

-¡Socorro! -se oyó gritar.

De pronto una sombra surgió de la penumbra, haciéndose visible a la luz de la vela. A punta de cuchillo, un hombre enjuto hacía avanzar a la posadera hacia el piso inferior.

-Si vuelves a gritar te abro el gaznate -dijo en un susurro.

Aquel miserable debía haberse colado por la ventana ayudándose del canalón. Las dos brumosas siluetas se perdieron de nuevo en la oscuridad, y Gustavo cerró la puerta consumido por el miedo. Sabía de sobra que debía actuar, pero tenía la macabra certeza de que si lo hacía, hallaría la muerte de forma irremediable. No podía tratarse de una casualidad, aquella era la señal que había estado esperando toda la noche, el primer tañido de la campana doblando sus exequias. Su novena sinfonía se convertía de pronto en un triste réquiem; las notas se alborotaban en su cabeza tan vivamente como si las estuviese escuchando.

Debía actuar con premura si quería ayudar a la posadera, pero hacerlo suponía exponerse al peligro mortal de su destino. Su espíritu timorato le suplicaba que echase el cerrojo y corriese a cobijarse bajo las sabanas, mientras que su mente supersticiosa sugería que tal vez la parca hallase nuevos cauces para cumplir con su trabajo, pero... ¿y si se había empeñado en creer a pies juntillas una soberana estupidez? ¿y si al cabo de un tiempo descubría que su vida trazaba el rumbo a través de largos senderos? Recordar que cerró los ojos mientras peligraba la integridad de aquella buena mujer, supondría un tormento insoportable. El roer de la carcoma retumbó en sus oídos como los timbales de una orquesta sinfónica, como el martilleo constante de los remordimientos...

Gustavo Tremante tomó un candelabro, se persignó y abrió la puerta con cautela; había decidido no huir más tiempo; prefería la muerte a una vida de oscuros temores. Descendió la escalera que llevaba al primer piso mientras rezaba un padrenuestro entre dientes, suplicando a Dios que no hiciese cumplir sus miedos, que aquella retahíla de infortunios no desembocasen en el final esperado, que por una vez, dos no fuese la suma de uno más uno...

El músico descubrió a la posadera echada sobre la alfombra del salón; el ladrón debía haber huído con su botín hacía tan sólo unos minutos. ¿Habría llegado demasiado tarde? Gustavo corrió a comprobar si había ocurrido una desgracia, y al punto descubrió con alivio que la mujer respiraba agitada.

-¿Está usted bien? -preguntó.

La posadera se abrazó a él y empezó a llorar; Gustavo la asió con fuerza. Su presencia no había sido determinante, sin embargo se sentía satisfecho por haber renunciado a la seguridad de su habitación en pos de aquella valentía.

De pronto un horrendo crujido estalló en el primer piso, como si las carcomas hubieran crecido por un ensalmo peregrino; las viejas vigas de madera cedieron en un estruendo que removió los cimientos del caserón. Desde el piso de abajo, Gustavo Tremante escuchó perplejo cómo el techo de la primera planta, sepultaba su habitación bajo un polvoriento montón de escombros...
 


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