Me pide Anado unas letras que conmemoren el reencuentro tras un período de ausencias. No se puede decir que no a los amigos; lo mismo que uno se lanza a correr desde lejos cuando les reconoce y comparte los beneficios del abrazo estrecho, de la risa o las palmadas en la espalda. Lo mismo. Cuando uno escribe y lo vive -que viene a ser lo mismo- se alegra de reencontrar el artículo olvidado, la vieja pluma, el cuaderno de notas que soportó la lluvia o la página arrugada que esbozaba versos sueltos que sobrevivieron a más de una década. Pues así, en estos tiempos nuestros de lo virtual, nos satisface lo mismo encontrar de nuevo a Annlea, aquel sitio anclado en ese espacio que no se toca, pero se nota, por el que nos cobran canones que no tienen precio, aunque se los pongan, aunque nadie nos lea.
Quién sabe a qué oculto avatar del destino se debió que dejáramos de encontrarnos en el mismo bar de la misma esquina, ya no encontrábamos ni la esquina. Tal vez se trató de un designio cibernético, informático o electrónico, digo yo, por echarle la culpa a algo. Los tiempos cambian y a las personas también, si no cambian las cambian, por el mero hecho de seguir la moda, porque lo hacen todos con todo. Cuando parece que uno ha llegado alejan la meta, si tocaste la dicha plena la tiñen de oscuro y si un programa funciona le reciclan, porque hay que renovar, aunque se reinicien los errores originales. En fin, es así, no sirve darle vueltas, aquí o allí, al final seguiremos escribiendo, fieles a esta pasión en la que disfrutamos consumirnos. Algunos no hemos ido arriba ni abajo en el ranking -¡qué poco me gusta esta palabreja!-, tal vez ahora ya no creemos tanto en el mecenas magnánimo que también creía en el talento antes que en el comercio, pero hemos seguido escribiendo, observando la vida con mirada de escritor, que es el camino que uno eligió antes de que renovaran las autopistas, desaparecieran los barrios y los bolígrafos, antes de que nos leyeran y, también después. Después que no nos publicaron, ni ganamos el certamen ni siquiera el accésit; tan sólo el sueldo nuestro de cada día y ese ratito solitario en el que uno puede ponerse a escribir con la tinta el alma.
-¿Y así te lo pasas bien? -me pregunta un conocido que acaba de descubrirme.
-Pues como tú con el partido de futbito -le respondo, sin que desaparezca de su rostro la sombra de una mueca incrédula.
Pero no insisto, sé que no se puede convencer si no se quiere. Es lo mismo. Doblo la esquina al final de la jornada y busco el camino hacia mi tertulia solitaria de mesa y papel, a casa, al calor de la página escrita... Ahí está Annlea de nuevo, para mí, la misma Annlea.



Unas letras

