Canela y hojas violáceas
Llueve. El cristal de mi ventana es un mapa de gotitas de agua, aisladas... formando una nueva manera de ver el jardín. Un jardín diluido, un paisaje distinto... aguado, húmedo, brillante en su propia opacidad. Las hojas recubren las baldosas blanquecinas, tiñéndolas de ocres, amarillos y el rojo violaceo de mi árbol favorito. Hace viento también, lo siento junto a la lluvia golpeando las ramas. Aquí ahora la lluvia me calma. Me da paz y vida, y me arrastra lejos a sitios en los que no he estado y deseo estar ahora, o me trae rostros, manos, miradas. Llueve y no estoy triste, pero entristezco. Me disipo como la vela que llenaba hasta hace unos instantes mi cielo con aroma de canela. Canela y tierra mojada... descubriéndome la belleza que en ocasiones puede destilar la tristeza.
Volver
Volver sin saber donde estuve. Me perdí sin saber adonde estaba, parecía como si el tiempo no pasara, pero en realidad todo seguía a su ritmo sin que yo me diera cuenta. En los susurros de la noche en la que me siento tan bien, soñé, y creo que esto se asemeja a lo que fue ése sueño. No sé dónde estábamos, tu y yo sentados en alguna mesa de algún lugar, no hay cosas a la vista que me hagan recordar algo vivido. Sólo sé que después de tanto tiempo vuelvo a mirarte y tu mirada al fin no busca dentro de mí eso que nunca supe en realidad que era. Tu voz es la música que mi alma extrañaba, después de todo siempre fuiste mi paz en este mundo. Pero al fin me entero porque es que estás en mí de nuevo, me hablas de recuerdos y de cómo vives ahora, de tu mirada que recobró ese brillo que vi cuando era joven. Te escucho atentamente, sólo puedo recorrerte con mi mirada y al final entiendo que esto es una despedida, no sé si triste, porque vuelvo a no razonar tus palabras si no a enamorarme de tu alma de nuevo. A pesar de esto sigo tranquilo, te levantas y te imito, sin saber que decir o hacer, sólo me acerco a besarte por última vez y por fin para mí recobrar el sabor de tus labios queriendo que sea el último beso de mi vida no el de las nuestras. Desapareces de mi vista y solo me siento, con ése sabor que se transforma en un veneno... cuando despierto y comprendo que besé el lado de la almohada donde reposabas tu cabeza.
Las lágrimas
Doscientas palabras para hablar de las lágrimas de Roger Federer, al que le ha salido un adversario que le tiene tomada la medida. Y puede que Roger ahora esté algo más fino, tras ponerse a dieta tras un año plagado de fracasos, si es que es fracaso ganar menos que otros años, y puede que Rafa Nadal le haya puesto mangas a la camiseta porque también él adelgazó lo suyo y sus bíceps hoy no resultan tan temibles como antaño, pero debe cuidar los tobillos y las rodillas, para que duren como para dar que hablar, dentro de unos años, sobre batir algunos récord. Llora Federer al que la derrota le está matando, y eso demuestra la intensidad con que vive el tenis, y lo poco acostumbrado que estaba. Cómo explicar si es su tenis es sobradamente mejor que el de Nadal. Si desde las habilidades puramente tenísticas lo hace todo mejor. Pero si eso no sirve… ¿cómo volver a ponerse frente a Nadal? Será como adentrarse entre las sombras. Porque a Federer lo derrota Federer, que convierte a Nadal en un gigante. Qué difícil regresar desde la voz quebrada, desde el llanto desconsolado.
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Si exagerásemos nuestras alegrías como lo hacemos con nuestras penas, nuestros problemas perderían su importancia. Anatole France |
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