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ANNLEA - En portada

Turistas en el infierno

El polvo en el aire se cuela por los poros rasguñando las fosas nasales hasta forzar estornudos compulsivos que humedecen las vías respiratorias solo para dar paso a nuevas bocanadas de esa nube irrespirable que se impregna en la memoria incluso por horas después de abandonar la zona devastada.
Los maderos crujen como huesos de una ciudad resquebrajada que ha llegado a la senectud en la peor forma.


En todos los rincones de la vieja ciudad, donde otrora se albergaba digna la historia de un país bicentenario enmarcado por la nobleza del adobe y el señorío de las tejas, la tierra se agolpa confundiendo el paisaje urbano con la campiña apenas alejada por algunos kilómetros. Nuevas colinas, sinuosas montañas en ciernes surgiendo de las ruinas de casonas de estilo clásico destrozaron el rostro de la capital maulina, y en el caos, a medio tránsito entre ángeles caídos y demonios buscando redención, circulan sádicos turistas cámara en mano hurgando entre la devastación en busca de la mejor imagen, algunos incluso posando frente a los escombros como quien visita las ruinas de Pompeya.



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Donde nacen las olas

La calma invadía la tierra. Sus habitantes, apacibles, sembraban, recolectaban y celebraban con alegría sus fiestas... Un día llegó Elqueotea, corriendo, como siempre, pero algo más excitado. No era para menos, bajaba de la gran montaña que preside el poblado, la que llamamos Lamásalta. Aseguraba que desde allí había contemplado cómo se volvía azul la tierra.

La siguiente incursión de exploradores trajo cuatro noches de luna, para debatir el misterio... ¡habían descubierto el mar!

Aunque en nada variaban sus vidas, tampoco ya eran las mismas. El ancho portalón frente al horizonte del océano quedaba, tentador, entreabierto. Esos eran los primeros tiempos, cuando comenzaban las incursiones hacia el mar. Así fue como la Isla de la Calma se convirtió en un puerto socorrido por navegantes y aventureros...

Para algunos olvidado, para otros añorado, de vez en cuando, mas no siempre... Después siguieron otras expediciones, las del mar lejano. Ello trajo la disgregación entre las familias, unos regresaron, sin embargo otros no.


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La escalera

Desde muy niño fue refugio de momentos importantes. Alguna vez se irguió imponente y señorial, pero cuando la conocí ya era apenas una sombra de la escalera que en tiempos de mis bisabuelos conducía a una terraza elevada sobre el inmenso jardín que precedía a la quinta de árboles frutales. Apostada junto al muro mayor de la casona colonial, conducía al tejado de las habitaciones que con los años alojaron a una fauna variopinta de arrendatarios; desde allí con algo de esa habilidad simiesca que todos los hombres tenemos en la infancia y que perdemos paulatinamente con el tránsito a la adultez, era posible trepar a un manzano desde el cual se pasaba a un ciruelo, luego a varios perales y finalmente a un enorme moro, todo sin tocar el suelo en el trayecto.

Cuando era muy niño me refugiaba bajo los peldaños a llorar, ya mayorcito me gustaba saltar desde las alturas intentando volar y cuentan que en una ocasión, premunido de un enorme cohete de papel, me lancé al vacío desde el último peldaño con consecuencias catastróficas. Aún en la edad de la inocencia recuerdo haberme ocultado bajo su sombra para recibir el primer beso de una chica algo mayor, vecina del viejo barrio y bastante precoz en las lides amorosas.

Con algo de imaginación la escalera lo era todo: la casita, el almacén e incluso el púlpito donde el primo Pablo jugaba a predicar el salmo del día. Mi papá decía que el olor del roble era inolvidable y, aunque la madera bicentenaria de las vigas y los peldaños ya olía a tierra vieja, cada vez que se desgarraba un trocito el aire se impregnaba de recuerdos. Mi abuelo jugaba allí en tiempos en que la electricidad era impensada, también mis tíos. Seguro que el olor de la madera ha cambiado, pero siempre estuvo ahí para refugiar a cuanto crío pasó por esos patios.

De tarde en tarde se rompía algún peldaño y el más pequeño de mis sobrinos se desgarraba un brazo con las astillas; la historia de la escalera se rescribía cada vez que nuestra sangre se mezclaba con el polvo y el aroma del roble viejo. Las generaciones venideras dirán, magnificando el accidente bajo el lente del tiempo, que en este peldaño el pequeño (Eric, Alejandro, Nicolás u otro miembro de la última camada) estuvo a minutos de morir desangrado en azarosas circunstancias. Lo cierto es que el tiempo suele tender una nube de misterios sobre los viejos rincones olvidados.

Cuando era muy niño pensaba que la escalera conducía al cielo, cuando joven oí “Stairway To Heaven” y conociendo apenas la melodía hipnótica de Led Zeppelin y la traducción del título, creí justo asegurar que la lírica estaba dedicada a nuestra desvencijada amiga, omnipresente en tres o cuatro generaciones de González.

Los designios del tiempo suelen ser crueles, o cuando menos injustos. Sobre la tierra en que mis bisabuelos maternos construyeron su familia hoy se yerguen dos grandes moles de hormigón y vidrio. Las arboledas desaparecieron junto con nuestros recuerdos, arrancadas de raíz por el progreso, silenciadas por la maquinaria infernal de la modernidad que con los siglos ha convertido la humilde Villa de San Agustín en la Ciudad del Trueno.

Nuestros fantasmas se fueron, los chicos de hoy ya no les temen, y mi duende personal, recuerdo de una inocencia que se diluyó en el tiempo, hoy llora el olvido bajo la sombra invisible de una vieja escalera que solo existe en nuestros recuerdos.
 

El valle de los caballos

Midnight Beauty, el caballo afeminado, se estiró y aceleró a mitad de la recta final, separándose del pelotón, pues quería ganar, lo llevaba en la sangre. Era un caballo de carreras, y quería hacer honor a su nombre. El siempre creyó en su victoria. Es más, estaba absolutamente seguro, algo en su intuición equina se lo decía. Aceleró como en las mejores ocasiones, pegado a los palos, y todo fue bien los primeros trancos. Pero de repente, un dolor inaguantable le recorrió la caña, toda la pata, el cuerpo y el cuello hasta llegarle al cerebro. No lo podía resistir y sin embargo siguió intentando correr y correr, dar lo máximo, a pesar de estar muriéndose de sufrimiento. Su jockey notó algo raro y dejó de pegarle con la fusta, y de arrearle con las riendas. Midnight Beauty empezó a llorar, pues había pensado, tenía previsto, que esta iba a ser su penúltima victoria, la previa a la que le catapultaría a la fama, la victoria precursora  y premonitoria del gran premio, la confirmación de sus heroicas hazañas en el extranjero, un toque de atención.
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Volvimos a ganar

Encara em queda temps per descobrir.

Corren - Gossos



No está bien que yo lo diga porque es un secreto, pero volvimos a ganar.

Me refiero al tándem Nadal-Anado.

Él a estas horas está cansado e incubando un odio irracional hacia el polvo de ladrillo que le arruina las zapatillas y le deja los calcetines irreconocibles. Tiene 22 años y ya incuba la demencia que lo volverá loco. Ni siquiera en eso es tan distinto ¿verdad?

Puede que alguien se pregunte acerca de la responsabilidad que yo tengo en el triunfo. Ese alguien aparece primero como muy poco avispado, y luego como muy curioso. ¿Es que acaso queremos saber de todo?

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El camino

 

Hace tanto frío que el viejo, al respirar, siente como una puñalada en el pecho. Van ambos, la niña, asida de su mano reseca, ahora enfundada en el guante de lana húmeda, y el anciano. Ambos convertidos en bolas de paño, calzados de madreñas, él con pasamontañas que no deja ver sino los acuoso ojos cansados, transparentes, la niña con una bufanda vieja enrollada y la boina roja,
-¿Falta mucho? -jadea la niña-
-Ya no -suspira casi inaudible el viejo-
-Siempre me dice que no -se lamenta ella- y andamos, andamos y todavía queda un poco más.
Se vuelve, contempla las huellas, que se alargan hasta donde llega la vista y subraya con un gesto, a la vez, la queja y el cansancio.
-Canta -la anima el abuelo- Cuando yo estuve en la mili y no podíamos más, el teniente Canella nos decía que cantásemos una canción alegre, y, si hacía frío, una canción que hablase de sol radiante, flores de muchos colores, verano, cosecha y amor.


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Abril, aguas mil

Un catorce de abril, casi hace un siglo, proclamaron la segunda república española, que luego se transformó, para su desgracia, en guerra crudelísima, que terminó un primero de abril. Abril es por lo tanto un mes en que celebran respectivas importantes efemérides los republicanos y sus contrarios, los que proclamaron y los que definitivamente derribaron la república. Sigue en pie lo que llaman problema de España. Parece mentira que tantos años después de haber nacido España –por cierto, ¿sabe alguien a ciencia cierta cuándo nació?-, seguimos empecinados en la búsqueda de su figura, que se nos escapa como una sombra entre las sombras, una niebla entre las nieblas, una luz en medio de la luz. Tenemos, o tal vez sólo imaginamos, un concepto de España, pero no sabemos definirlo. Nos encanta repetir con cada viajero que a su vez repite como un loro lo de que Spain is different y contarle a la gente que tenemos ciudades en que convivieron no se sabe si tres culturas, tres religiones o tres manifestaciones diferentes del modo de buscar al buen padre Dios y en la procura de sucesivos renacimientos, pero no sabemos definir lo que parece un sentimiento más que un concepto.
 


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